Ver el invierno con otros ojos
Las siluetas de los troncos desnudos. Los juegos de ocres, marrones y amarillos. Las noches estrelladas y las mañanas blancas que surgen entre la niebla. Y algunas flores y frutos que se destacan entre tanta dormición. Empezó el invierno y Mary Bajo de Sánchez nos invita a asombrarnos con cada detalle que nos regala la naturaleza en esta estación.
Generalmente vemos al invierno como un período en que nuestros parques y jardines pierden toda su belleza, carecen totalmente de atractivos y no nos invitan a recorrerlos. Y es entonces cuando muchas jardineras, como los osos, se recluyen en el hogar, hibernan, y sólo cuando los calorcitos primaverales comienzan a hacerse sentir, vuelven a salir, a visitar viveros, a tomar herramientas y a reiniciar actividades.
¿Por qué no intentar mirar el jardín de otra manera, de manera que nos permita disfrutar del momento, aprendiendo a ver y a apreciar aspectos que sólo son visibles cuando el rigor del invierno quita a las plantas su verde vestidura? ¿Se han detenido a mirar la forma, la silueta que ofrecen los árboles desnudos? ¿Han observado los dibujos que pueden apreciarse en algunos árboles cuando se desprende en placas su corteza vieja, como por ejemplo en los plátanos o los crespones (Lagerstroemia indica)? ¿Y las variadas rugosidades y texturas de los troncos? Cuando el color reina en follaje y flores, esos valores pasan inadvertidos. ¡Que distintos se ven en este momento! ¡Cuánto lucen los frutos en crataegus, cotoneaster o nandinas! ¡Qué hermosas se ven las gramíneas contrastando sus marrones rojizos sobre el fondo del pasto amarillento o el verde intenso de las coníferas!

Y las flores... Es verdad que son pocas... y quizás por eso más valiosas: comenzando en mayo por los simples junquillos, que nos regalan sus perfumadas inflorescencias pese al descuido en que pudiéramos tenerlos, igual que las humildes violetas, que surgen en julio casi ocultas entre las hojas e imponen su presencia cuando en un ramo percibimos su delicado aroma.
Agosto es sinónimo de aromos. Tanto el aromo común (Acacia dealbata), como las acacias baileyanas en sus tonos verde-gris o rubra o, en los pequeños jardines, la acacia cultriformis de pequeño porte y notables hojas triangulares, nos regalan sus aromáticos pompones amarillos con gran generosidad.
También en agosto comienzan su floración en el mismo color los jazmines amarillos, cubriendo con su "cabellera" florida, muros y alambrados. Pareciera que agosto y amarillo van de la mano: en el mismo mes abren sus trompetas los narcisos, denominados por algunos jardineros como "heraldos de la primavera", ya que en sus diferentes variedades continúan su floración hasta septiembre y de allí en más surgen las hojas nuevas en la mayoría de las plantas y arrecian las floraciones cada vez más abundantes.
No podemos olvidarnos de la madreselva arbustiva (Lonicera fragrantissima), con sus pequeñas, casi insignificantes florcitas blancas con exquisito perfume; ni de los membrillos de jardín (Chaenomeles lagenaria), con sus tallos cubiertos de flores blancas, rosadas o rojas antes de que aparezca el follaje. Tampoco de las sutiles flores celestes de los lirios de invierno, ni de los laurentinos, que se cubren en los meses invernales de ramilletes blancos; mucho menos de la reina del invierno, la camelia, que en algunas variedades inicia ya en mayo su espectacular floración para seguir regalándonos la belleza de sus corolas hasta septiembre.
La lista puede continuar. Seguramente son muchas las plantas que podremos cultivar o simplemente redescubrir entre las que nos acompañan, pero que por la fuerza de la costumbre, miramos sin ver.
¿Y las mañanas en que la helada cubre como un manto el paisaje que nos rodea? Todo adquiere otra dimensión que se va desdibujando a medida que los rayos del sol transforman en gotitas de agua los blancos cristales. ¿Y el límpido cielo tachonado de estrellas que antecede a esa helada? Nunca esos astros brillan con tal luminosidad.
Por otra parte ¿valoraríamos tanto la primavera si no surgiera después de los días grises, sombríos y helados del invierno? ¿La esperaríamos con tanta impaciencia si no pasáramos antes por ese paulatino decaer de la naturaleza que comienza en el otoño y culmina cuando las heladas queman casi todo, dejando colores ocres y marrones como dominantes del paisaje?
Aún estamos a tiempo: descubramos el encanto del invierno, para luego apreciar más el renacer de la naturaleza. O mejor todavía, observemos con placer continuo sus ciclos y su evolución en el tiempo.