Creado por Madame Ganna Walska, concretó su sueño de crear un paraíso de música y naturaleza. Entrá y conocé esta particular propuesta
La mujer que se convirtió en Ganna Walska nació en un pueblito de Polonia. Su verdadero nombre era Hanna Puacz, pero después de seguir estudios musicales optó por un nombre artístico. Se convirtió en una famosa cantante de ópera y recorrió el mundo con su belleza y su voz deslumbrante.
Se casó seis veces. Uno de sus maridos fue yogui, otro polista, otro magnate.Después de separarse de su último marido, Theos Bernard, compró la finca Cuesta Linda, de 37 acres, en Santa Bárbara, California. Le cambió el nombre por el de Lotusland, en honor al loto sagrado de la India.
Puso toda su energía y dedicación en crear un parque botánico de plantas raras, un mundo mágico de valor artístico y exótica belleza. Para lograr semejante tarea trabajó con un gran número de arquitectos, paisajistas y diseñadores, entre ellos: Lockwood de Forest, Ralph T. Stevens, William Paylen, Oswald da Ros y Charles Glass. Ella amaba el buen diseño y las grandes masas de plantas de una misma especie. Era una verdadera adelantada para su época y era capaz de pagar cifras siderales por agregar una rareza a su Lotusland. En 1970 volvió a cantar para poder financiar el jardín de las Cycas.
Escribió sus memorias: Always Room at the Top. Murió en mayo de 1982 y dejó todo en manos de la Ganna Walska Lotusland Foundation.
El amante perfecto. ¿Con qué soñamos? Con el otro. Siempre el otro. Alguien que se escapa, que se escurre como una ilusión.
Todo lo que dura envejece, cae, declina. Pero dura tan poco amar, poseer. En seis cuerpos diferentes traté de alcanzar eso que dicen que es perfecto. En seis corazones deposité mi alma con total fervor, sin dar frutos, sin echar raíces ni florecer. Pero siete es el número perfecto, el número de la sabiduría, de lo entero y acabado.
Me esperó paciente durante veinte años mientras yo iba dejando retazos de mí más toda mi voz. Y en los otros veinte años me entregué de lleno a mi amante perfecto, Lotusland, mi jardín. Como un caracol, fue creciendo de la casa hacia afuera.
Ningún capricho fue en vano. Del África traje cactus, como esbeltos negros de ébano, casi animales de tan bellos. Me escoltan cuando llego, de un lado del camino. Del otro, sus hermanos mexicanos me invitan a soñar con símbolos y zodíacos. Después del camino viene el agua con los gigantescos lotos, las vistas y las perspectivas bajo sombra. Como si Lao Tse o algún poeta de la dinastía Tang estuviera esperándome con su cónico sombrero y su camisa de lino.
El amante perfecto, mi jardín, es multifacético, tiene muchas caras, muchas formas, multitud de estilos y voces. Muy cerca de la casa se muestra francés y formal, un lugar para beber, gozar y cantar. Más lejos está el jardín primitivo, con plantas paleozoicas. En las noches con luna las hojas primitivas dan miedo. El jardín azul es la antesala, el lugar de las hadas y los besos. El jardín del teatro con bambalinas y gradas es para reírme con mis amigos. Después, están los lugares del misterio, con luz que se filtra, una flor que nace, un perfume que sorprende. Valen la pena las horas de esfuerzo, las manos deshechas entre la tierra y la noche que cae mientras sigo regando.
Pero éste, señores, es un amor que crece, cada vez más joven y bello. Ojalá ustedes puedan gozar de él tanto como yo. Ya se me va la vida y se los dejo intacto para que lo amen ustedes también.
(No soy yo quien escribe estas palabras, pero ése es un detalle menor, más aún si tenemos en cuenta que no hay nada más cierto que la ficción.)
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