Poesía cotidiana: un jardín inspirador

Poeta y jardinera, Angélica Olcese nos abrió las puertas de casa en Colonia, un chacra de siete hectáreas, resultado de treinta años de trabajo.


Poeta y jardinera, Angélica Olcese nos abrió las puertas de casa en Colonia, un chacra de siete hectáreas, resultado de treinta años de trabajo.

Angélica Olcese

Los cursos y talleres de la Sociedad Argentina de Horticultura le permitieron a la dueña de casa diseñar todos sus espacios verdes. La chacra, originalmente, tenía un monte de olivos, una palmera, unas higueras y un naranjal en mal estado. De a poco, Angélica fue animándose con canteros que fue ampliando y replicando en paralelo. Uno de sus máximos orgullos es el gran invernadero con una importante colección de cactus y suculentas.

El camino de entrada en la chacra fue diseñado por la paisajista Joyce Bell hace casi 15 años. El proyecto incluyó la ampliación del parque en unas cuatro hectáreas, y fue llevado a cabo por la propia dueña. El jardín de agapantos, casi punto focal entre tantos potreros, fue todo un desafío.

Pero quién mejor para describir el jardín que su propia hacedora. Angélica, con poéticas palabras, hace un homenaje a su creación:

"Él tiene vida propia, impredecible y sutil. Cada día una faceta de su misma cara me despierta. Allí donde ayer me miraba una flor hoy no está y otra, en cambio, reclama mi atención, me alegra con su despreocupada presencia.

Los perfumes se suman al paisaje; el viento los lleva y los trae, el mismo viento que mueve los pastos y acaricia sus lomos despeinándolos.

A cada planta su sitio preciso, su lugar favorito. Ellas eligen, no yo, ellas me muestran lo que les gusta y lo que les disgusta. Con paciencia y perseverancia debo acomodarme a su antojo.

Cada estación trae su deleite, pero las camelias del invierno tienen para mí la doble magia del color inesperado en una estación que se presume sin colores. En el suelo, junquillos y narcisos perfuman el aire y entretienen la mirada debajo de los esqueletos imponentes de los robles y los liquidámbar. Los aloes, de estructura estática, dan también su nota inesperada de anaranjados o amarillos. El Kalanchoe thyrsifolia, venido de Sudáfrica, se aclimata notablemente, vira al rojo oscuro intenso en los bordes de sus apretadas rosetas. Las esculturales cactáceas destacan su presencia en todas las estaciones y obligan a detener el paso y el ojo no puede ignorarlas.

El invernáculo de suculentas y de cactus se va haciendo pequeño a medida que sus habitantes crecen y se multiplican. El invernadero de aclimatación y reproducción no cesa un instante de reproducir la vida de todo lo que llega a mis manos.

Tenemos también la gran fiesta de los hemerocalis, plantas de total nobleza y confiabilidad. Ellas solas pueden hacer un jardín. Y la fiesta total de los agapantos, que en enormes canteros rectangulares a modo de parterres despliegan su floración más llamativa en diciembre y en enero.

En fin, nada en el jardín es quietud. Siempre, aunque imperceptible a nuestros ojos, algo está sucediendo. Ese algo es el milagro de la vida que nace, crece, se desarrolla y fructifica. Todo ciclo de la naturaleza empieza y termina para volver a empezar. Como la vida misma."

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